martes, 29 de enero de 2008

La Juventud De Bolivar

La pasión que sintió Bolívar por la Independencia de América no surgió en su vida de la noche a la mañana, sino que se fue formando en él a lo largo de sus años de juventud.
La vocación de Bolívar era el ejercicio de las armas. En enero de 1797, ingresó como cadete en el Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, del cual había sido Coronel años atrás su propio padre. No tenía aún 14 años cumplidos. En julio del año siguiente, cuando fue ascendido a Subteniente, se anotaba en su hoja de servicios: "Valor: conocido; aplicación: sobresaliente". El adiestramiento práctico en los deberes militares lo combinaba Bolívar con el aprendizaje teórico de materias consideradas entonces la base de la formación castrense: las matemáticas, el dibujo topográfico, la física, etc., que aprendió en la Academia establecida en la propia casa de Bolívar por el sabio Capuchino Fray Francisco de Andujar desde mediados de 1798, y a la cual asistían también varios amigos de Simón. A comienzos de 1799, viajó a España. En Madrid, bajo la dirección de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y la rectoría moral e intelectual del sabio Marqués de Ustáriz, se entregó con pasión al estudio. Recibió allí la educación propia de un gentilhombre que se destinaba al mundo y al ejercicio de las armas: amplió sus conocimientos de historia, de literatura clásica y moderna, y de matemáticas, inició el estudio del francés, y aprendió también esgrima y el baile, haciendo en todos rápidos progresos. La frecuentación de tertulias y salones pulió su espíritu, enriqueció su idioma, y le dio mayor aplomo.
A los 16 años, el joven Simón viaja a Europa. Vive algún tiempo en Madrid, capital de España, pero esas ideas políticas sobre la independencia aún no estaban definidas. Era un joven al que le gustaba divertirse, bailar y enamorar a las distinguidas señoritas de la corte española. El Libertador era un gran bailarín.
De allí viaja a París y queda deslumbrado por la capital francesa, a la que volvería años más tarde. El 26 de mayo de 1802 regresa a España, y poco tiempo después conoce a una jovencita de la que se enamoró locamente, Teresa Rodríguez del toro, y con la que finalmente contrae matrimonio.
Hasta ese momento nada parecía señalar cuál sería el papel histórico para el cual estaba destinado. Es simplemente un muchacho de la alta sociedad caraqueña, que se ha casado con una bella chica española, con quien regresa a Venezuela, para hacerse cargo de los negocios de su familia.
Sin embargo, esa felicidad matrimonial duraría muy poco, pues en enero de 1803, luego de una corta enfermedad, muere su esposa. Otra pérdida más para el joven Simón. Se encontraba solo, añorando su felicidad perdida, cansado de la monótona vida caraqueña. Por eso decide viajar de nuevo a París, con la esperanza de olvidar su dolor. Pero nunca imaginaría lo que el destino le tenía reservado.Durante el tiempo que estuvo en Europa, el joven Simón conoció a gente muy importante, como Alejandro de Humboldt, y presenció algunos acontecimientos, que influyeron en su pensamiento y en su vida.
Uno de ellos fue la coronación de Napoleón Bonaparte, como emperador, la cual se realizó en la catedral de Notre Dame, el 2 de diciembre de 1804. Aunque no era partidario de los reinados ni de los emperadores, no podía dejar de reconocer que aquel hombre había dirigido la Revolución Francesa, en la que además había participado Francisco de Miranda.Durante su estadía en París se encuentra con su viejo maestro, Simón Rodríguez, con quien viaja a Italia.
Eran momentos de mucha importancia para él. Aquel joven Simón, amante de los bailes y la diversión, que había pasado por el dolor de la muerte de sus seres queridos, no dejaba de meditar en la necesidad de los pueblos americanos de alcanzar su libertad, y el derecho que tenían de conducir sus propios destinos. Fue así como un día de agosto de 1805, cuando visitaba el Monte Sacro en compañía de su maestro, juró de rodillas que no descansaría hasta que los países de América alcanzaran su independencia.
En la capital del naciente Imperio francés, los placeres de una vida social mundana, y los estímulos de orden intelectual, comparten la atención de Bolívar, no menos que el espectáculo fascinante de una Europa en plena ebullición política. Frecuenta teatros, tertulias y salones, donde conoce a bellas mujeres, pero trata igualmente a sabios como Alejandro de Humboldt y Amado Bonpland, y asiste a las conferencias y a los cursos libres de estudios donde se divulgan los conocimientos y las teorías más recientes. En esta época de su vida, se entrega con pasión a la lectura. Se ha encontrado de nuevo con Simón Rodríguez, cuyo saber y cuya experiencia hacen de él un extraordinario compañero de conversaciones, lecturas y viajes. Van juntos a Italia, y cruzan a pie la Sabaya. En Roma, un día de agosto de 1805, en el Monte Sacro, Bolívar jura en presencia de su maestro no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta que no haya logrado libertar al mundo Hispanoamericano de la tutela española. De nuevo se separan Bolívar y Rodríguez.
Cuando regresa a Venezuela, en 1806, Bolívar ya sabe que, de alguna manera, su destino está escrito. Para él, la Independencia de América ha dejado de ser una frase romántica, para convertirse, en poco tiempo, en una realidad. Comienza su carrera militar y política, se une a otros que comparten sus ideas. La meta estaba cada vez más cerca.
El primero, regresa a París, en donde se afilia a una logia masónica. A fines de 1806, conocedor de los intentos realizados por el Precursor Miranda en Venezuela, Bolívar considera que ha llegado el momento de volver a su patria. Se embarca en un buque neutral que toca en Charlestón en enero de 1807; recorre una parte de los Estados Unidos, y regresa a Venezuela a mediados del mismo año.
Vive ahora como un joven aristócrata, atento al fomento de sus haciendas, y en 1808 sostiene un sonado pleito con Antonio Nicolás Briceño por los linderos de una de ellas; pero piensa siempre en el porvenir del país. En las reuniones que él y su hermano Juan Vicente celebran con sus amigos en la quinta de recreo que poseen en Caracas a orillas del río Guaire, se habla de literatura, pero también se hacen planes para la Independencia de Venezuela.